ENTREVISTAS
  25-04-2018
ENTREVISTA AL INVESTIGADOR WALTER PENGUE

“LA AGROECOLOGÍA PUEDE SER UNA ENORME ALTERNATIVA PARA SOSTENER LA SOBERANÍA Y LA SEGURIDAD ALIMENTARIA DE LOS PUEBLOS”

Por Dolores Yañez*

A pocos meses de la presentación del libro “El pensamiento ambiental del Sur. Complejidad, recursos y ecología política latinoamericana”, el docente e investigador del Instituto del Conurbano (ICO) de la Universidad Nacional de General Sarmiento , Walter Pengue, brindó esta entrevista para el portal del Programa CITIDES.

En el encuentro abordó temáticas vinculadas a las políticas que inciden hoy sobre los recursos naturales renovables y no renovables, reflexionó sobre la mirada y el pensamiento ambiental latinoamericano a través de algunos de los referentes históricos y actuales de la discusión socioecológica en el sur del continente, y aportó sugerencias y críticas sobre el desarrollo sostenible en la región.

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El Ing. Agr. Walter Pengue integra la Comisión Asesora de Ciencia, Tecnología e Innovación para el Desarrollo Sustentable (CADES) que asesora al Programa CITIDES y a la Secretaría de Planeamiento y Políticas en Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva. Conceptos como soberanía y seguridad alimentaria; huella y deuda ecológica; subdesarrollo sostenible; la diferencia entre los modelos productivos agroecológico e industrial; la educación alimentaria; la agricultura urbana, y el rol del Estado, las universidades y los productores, son algunos de los puntos desarrollados por el experto en esta entrevista.

Ud. tuvo la posibilidad de formarse con dos importantes figuras del pensamiento de la ecología política y la ecología como Joan Martínez Allier y Jorge Morello ¿Qué rescata de su experiencia con cada uno de ellos y cuál ha sido su influencia en su trayectoria académica?

Lo que rescato de ambos es su sabiduría. Fue un honor pasar un tiempo con ellos. Martínez Allier es un ícono, un líder en la discusión de la ecología política y Morello en los abordajes de la ecología Argentina y Sudamericana de los últimos 50 años. De ambos lo que más rescato, aún más que su conocimiento científico que es sumamente valioso, es su sabiduría para ver la vida y la complejidad de la problemática ambiental y humana en general. Y la generosidad, para compartir el conocimiento que ambos han tenido. Algo no muy corriente en el campo en que nos movemos. Una característica que Morello supo transmitir a sus equipos de investigación y creo que por eso ha dejado una impronta tan grande, es la honestidad intelectual. En el Grupo de Ecología del Paisaje y Medio Ambiente (GEPAMA) que él coordinaba nunca nos recomendó dejar una investigación de lado, por un motivo problemático. Siempre nos exigió el mayor rigor científico y dando respuesta a muchas necesidades sociales y ambientales que tenía el país. En ese sentido, Morello abrió un espacio importante que se refleja en la revista “Fronteras” que tiene el GEPAMA que justamente se llama así porque muchos de nosotros estamos discutiendo temas en la frontera de la ciencia. En mi caso desde la agricultura. Morello destacaba mi aptitud, mi mirada híbrida sobre las relaciones entre ecología y agronomía. Apelando a esas interrelaciones complejas ya de por sí, decía que yo era un “protoecólogo”.

Hoja de ruta

Ingeniero Agrónomo (especialización en Genética Vegetal). Master en Políticas Ambientales y Territoriales de la Universidad de Buenos Aires (UBA). Doctor en Agroecología, Sociología y Desarrollo Rural (UE). Director del Programa de Posgrado en Economía Ecológica. Coordinador del Área Agrícola en el Grupo de Ecología del Paisaje y Medio Ambiente (GEPAMA), FADU-UBA. Profesor Titular de la Universidad Nacional de General Sarmiento (UNGS). Fue miembro científico del Panel Internacional de los Recursos del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (UNEP/PNUMA). Actualmente es miembro científico del The Intergovernmental Science-Policy Platform on Biodiversity and Ecosystem Services (IPBES) y del Comité Ejecutivo de Agriculture and Food en The Economics of Ecosystems and Biodiversity (TEEB).Profesor de grado y posgrado de Economía Ecológica y disciplinas vinculadas en numerosos Universidades Nacionales y extrajeras. Miembro del Board Mundial de la Sociedad Internacional de Economía Ecológica, ex Presidente de ASAUEE y Miembro fundador de Sociedad Científica Latinoamericana de Agroecología (SOCLA). Académico de número de la Academia Argentina de Ciencias del Ambiente.


A fines del año pasado Ud. presentó el libro “El pensamiento ambiental del sur. Complejidad, recursos y ecología política latinoamericana”, el cual aporta una mirada crítica sobre importantes ejes de la discusión socioecológica actual en América Latina. En este marco ¿cuáles serían para Ud. los principales temas que deberían encabezar una agenda ambiental en la región?

Hay una cuestión importante que salió en la reunión que hicimos con los colegas en Buenos Aires, organizada por mi Área, la de Ecología de la Universidad Nacional de General Sarmiento y que queda bien clara en el libro. Tiene que ver con cómo administrar o gestionar de una manera sostenible un subcontinente como América Latina que es rico en sus recursos naturales y que enfrenta la dificultad de seguir en el furgón de cola del desarrollo mundial porque justamente, nos basamos exclusivamente en recursos naturales primarios agregando muy poco valor. Con los recursos humanos pasa igual. América Latina es un continente rico en sus recursos naturales pero pauperizado en su gente y con una altísima concentración de la riqueza en muy pocos sectores. El índice De Gini (en el sector agrícola en particular) es uno de los más desiguales de la región y puntualmente de Argentina. Un ejemplo claro: la República Argentina es el octavo país del mundo en términos de territorio, ocupa el puesto 140 en densidad poblacional, es un gran territorio vacío de gente concentrada en muy pocas ciudades. Esto marca una fortaleza en recursos y una tremenda debilidad en el eje geopolítico, el de los recursos, el de la biopolitcs. Por ahí pasaron muchos de los autores del libro que discutían la complejidad y los conflictos de la región. Justamente, yo los invité a todos ellos en honor a Jorge Morello porque de alguna manera, siento responsabilidad en ayudar en todo lo posible, a dar continuación de ese proceso. Ellos son los que pensaron América Latina 50 años atrás y cómo plantearse un modelo de desarrollo distinto. Algunos lo llamaron “Ecodesarrollo”, pero todos en general, coincidiendo en más o en menos, pensaron un subcontinente fortalecido en sus recursos y en su gente, con una mirada propia. Algo que ha cambiado lamentablemente un poco en estos tiempos. Hoy en día lo que tenemos son investigadores que no piensan un verdadero y distinto desarrollo en la región con todo lo que tenemos en cuanto a posibilidades de innovación, ciencia y tecnología y de aporte al desarrollo social. Sino que se quedan en el pataleo de la discusión casi unívocamente sobre los conflictos. Que hay tensiones y conflictos por el acceso a los recursos naturales es lo de siempre, ya lo sabemos. El tema es cómo nos paramos frente a ese uso de los recursos y otra cuestión muy importante, tiene que ver con preguntarnos si necesitamos utilizar esos recursos de la misma manera en que lo hacen otros países. Por ejemplo, en Argentina el tema de los suelos: ¿es un país tan rico como se piensa? No. Argentina tiene que administrar muy bien sus suelos porque se están degradando rápidamente con la actividad agroindustrial. Con el agua pasa lo mismo, nosotros exportamos agua gratis (la llamamos agua virtual), exportamos tierra gratis (le llamamos huella de nutrientes), exportamos el uso del territorio prácticamente de manera gratuita (lo identificamos como ocupación del espacio vital) y lo que se conoce como intangibles ambientales no están siendo valorados por los decisores de las políticas públicas. Y eso no hace a los científicos sino a quienes definen la estrategia nacional en el uso y la gestión de los recursos. Los científicos sabemos hacia dónde vamos o tenemos bastante información, pero necesitamos un cambio importante, un cambio en el paradigma y la mirada sobre el desarrollo sustentable, el verdadero desarrollo. En este sentido, si la pregunta es cómo va la Argentina en la forma en que se explotan hoy en día los recursos naturales –y esto no tiene que ver con ningún color político- la respuesta es que no hay futuro.

Si se diversificara la producción, se satisficiera el mercado interno y sus redes y luego si, los excedentes se colocaran como productos diversificados en el mercado mundial, podríamos llegar a ser una verdadera potencia alimentaria.


En este sentido ¿por qué la región aún no ha alcanzado metas claras en cuanto al desarrollo sostenible?

Uno de los problemas principales que tenemos, es que a pesar de estar discutiendo las metas 2015-2030 del desarrollo sostenible, que son adecuadas en general para lograr cambios sustantivos de por sí, nos concentramos exclusivamente en muy pocos commodities. En Argentina el ejemplo más claro es la soja, el maíz y mucho más atrás la ganadería. Ningún país que se precie se puede apoyar únicamente en uno o tres productos. José Martí se lo advirtió a los cubanos respecto al tema del azúcar. El pueblo que se dedica a un único producto se suicida. Nosotros tenemos cuestiones claras también, la soja en un momento estaba 660 dólares por tonelada y hoy día está a una tercera parte de ese valor. En esos vaivenes internacionales de variación de los precios de los commodities hay un problema muy importante.
Nosotros seguimos insistiendo en ampliar la variedad de la producción. Esto lo venimos diciendo hace mucho, no es un problema de ahora, Argentina tiene que ser un supermercado, pero no un supermercado del mundo sino un mercado que primero abastezca a todo su mercado interno con productos de calidad, precio, cantidad y valor nutricional. Lo puede y debe hacer. Es un cambio rotundo. De roles y de conocimiento amplio científico tecnológico aplicado a la agricultura. Y de mucho diálogo con la sociedad. Construir una base de desarrollo económico local poderosa, en el que todos puedan acceder a los alimentos, no que se regalen productos sino que tengan el valor real. Esto abriría nuevas oportunidades de producción agroecológica, producción orgánica, fortalecería las redes de comercio justo, la economía solidaria. Apoyaría a la formación de redes comerciales que hoy en día no existen, frente a mercados acaparados por los grupos corporativos y multinacionales de los alimentos, que poco dejan en el país en realidad. Esa construcción social es un activo tremendamente importante que Argentina no sólo no está ganando sino que lo está perdiendo detrás de la carrera de los commodities, detrás del mercado internacional. Si se diversificara la producción, se satisficiera el mercado interno y sus redes y luego si, los excedentes se colocaran como productos diversificados en el mercado mundial, podríamos llegar a ser una verdadera potencia alimentaria. Y diferenciada. Lo que cada día más, la población educada e informada busca y recomienda. Y no la consolidación de un vacío alimentario. De un desierto verde.
Recientemente estuve en las muestras internacionales de agricultura, que se hacen sobre una mirada un poco liviana del campo, aquí en Buenos Aires y lo que único que se muestra de Argentina como fortaleza es la maquinaria agrícola cada día más grande, una posibilidad de un tremendo gigantismo para la transformación de recursos y algunos biodesarrollos asociados a los mismos cultivos que venimos exportando (soja, maíz, girasol, algo de trigo). En lugar de ser el siglo XXI, parece el siglo XIX. Lo que se ve es que no hay diversidad productiva, real, amplia, escalada, sino incluso una mayor concentración del negocio agropecuario en cada vez menos manos. Por ejemplo, esto se ve en las propias empresas de semillas, sus compras y recompras, en un negocio que es cada día más para pocos. Y de capitales globales. Poco desarrollo interno veráz y con valor agregado local. Incluso algunas empresas nacionales, serán compradas en breve por capitales asiáticos, pero para seguir promoviendo y produciendo los mismos commodities. Esta pérdida es tremendamente riesgosa.

El libro también se propone recuperar los principales aportes del pensamiento ambiental latinoamericano ¿Cuál es la vigencia de este pensamiento y su influencia en los debates actuales en torno a los principales conflictos socio-ambientales de la región?

Es tremendamente importante, lo toman muchos autores como Gilberto Gallopín, Victor Toledo o Clóvis Cavalcanti que habla de subdesarrollo sostenible cuando tenés una sociedad con la soga al cuello, respirando, creciendo un poco pero no desarrollándose. Es lo que pasa en la región con países siempre en situaciones límite que no generan las posibilidades de diversificarse y de construir una trama social y productiva importante, lo que produce un costo ambiental y social brutal. Si este sistema de producción de commodities sigue funcionando, lo es por una sola razón, porque no incorpora las externalidades, es decir, los costos sociales y ambientales. Estas externalidades en el caso de la agricultura y de la minería están por doquier. Hay muchísimos investigadores y documentos que lo demuestran y que deberían contar con muchos más recursos financieros para seguir generando información científica para que los decisores de políticas puedan tomar buenas decisiones y no lo hagan exclusivamente consultando los precios del mercado. Seguimos las modas pero no un verdadero programa de desarrollo nacional y eso es muy peligroso. Los científicos también siguen las modas, hoy están todos enamorados de la ‘huella hídrica’, sería irracional que orientemos un plan nacional basándonos en un solo indicador cuando en realidad hay que mirar la complejidad existente entre lo ambiental y los recursos. Eso se resuelve de manera interdisciplinaria, con un médico, un filósofo, un ecólogo, un biotecnólogo, un agrónomo, un sociólogo, un nutricionista y tantas otras y variadas disciplinas que tienen muchas cosas por decir y aportar y escalar juntos en el análisis integral, complejo. No puede haber una sola mirada.
   
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¿Cómo define soberanía y seguridad alimentaria y qué diferencias observa en el manejo de este tema a nivel mundial? ¿Cuál es la posición Argentina en este marco?


La seguridad alimentaria es un término desarrollado por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) para enfrentar los temas de acceso a los alimentos en los países en vías de desarrollo. Mucho de esto viene después de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) y la revolución verde que le siguió, un sistema que generó el aumento de la producción de algunos productos muy concentrados pero que desplazó a muchos otros cultivos y formas diversas de alimentarse. Se produce más, aumenta la biomasa, se genera exportación pero la gente que vive en el lugar puede igualmente morirse de hambre. Es algo que pasó en India, en África y en varias partes de América Latina. El problema no es la falta de alimentos sino y en especial su distribución.
La seguridad alimentaria emerge como una alternativa para resolver el problema de acceso a los alimentos, enviando alimentos como lo hace el Programa Mundial de Alimentos (WFP), que incluso puede llegar a tirar alimentos desde los aviones a la gente en situaciones de hambre crítica. El punto es que esos alimentos no tienen ninguna relación con la producción local. La soberanía alimentaria, en cambio, es un término desarrollado por las comunidades e implica producir los alimentos en un marco propio, respetando su cultura y sus saberes. Eso es un valor agregado que la misma FAO y algunos países están incorporando en sus discursos porque respetan lo que sus pueblos les están demandando. Ahí hay un diálogo entre seguridad alimentaria que está muy bien para resolver el problema en una emergencia, una guerra o una catástrofe, pero no para la continuidad en el acceso a los alimentos de una población. Los países que producen alimentos deben sostener esta posibilidad de producir alimentos y no solo producir biomasa para el mercado mundial.
En estos momentos, lo que dice la FAO, particularmente a partir de 2008 con la crisis mundial de alimentos, es que hay que reconocer que la agroecología como modelo y como sistema de producción de alimentos en la escala local, puede ser una enorme alternativa para sostener la soberanía y la seguridad alimentaria de los pueblos. Y ahí hay una cuestión clave a defender como alternativa viable. Tenemos que tener en cuenta que el 60% de la producción mundial de alimentos la hace la agricultura familiar y de campesinos. A pesar de lo que producen las industrias, muchos alimentos están en manos de los pequeños y medianos productores. En Argentina el porcentaje también es alto, alcanza al 50% de los alimentos producidos. Lo que estamos viendo es que baja el consumo en las ferias locales, la gente va mucho a los supermercados. Y que por el otro lado, emergen nuevas formas y redes de alimentos buenos, baratos y soberanos a través de una trama social que va más del boca en boca, que en lo que puede promoverse institucionalmente aún. Pero ya llegará ese apoyo.

“Los decisores de políticas necesitan información científica para tomar buenas decisiones en lugar de guiarse únicamente por los precios del mercado”.




¿Es necesario promover políticas de educación alimentaria?

Nosotros estamos trabajando este año en un proyecto sobre modelos agrícolas y sistemas alimentarios en el marco de Naciones Unidas Ambiente TEEB, contrapartes regionales y nuestros Grupos y ahí estamos viendo que, en el caso de Argentina junto con China y con Sudáfrica, casi el 50% de la población, especialmente la que vive en ciudades va al supermercado a comprar y eso quiebra las cadenas de comercialización corta. Es una dependencia muy fuerte y todos los productos del supermercado generan un impacto importante. Cuando vas a un supermercado lo que menos encontrás son alimentos nutritivos y sanos. Inclusive en las góndolas de la verdulería. La principal advertencia que estamos teniendo no tiene que ver tanto con el acceso al alimento, sino con la falta de nutrientes, que está generando un problema de malnutrición por un lado y distorsiones alimentarias serias por el otro, como la epidemia de obesidad que ya tenemos también en la Argentina. Hablamos de casi 800 millones de personas con problemas de hambre y 1.100 millones con problemas de obesidad y enfermedades asociadas. Esto deriva de los alimentos procesados, el azúcar, los alimentos grasos y la sal. Los alimentos vacíos o empty foods. Todos esos alimentos ultraprocesados deberían ser descartados. Hay que trabajar mucho en educación alimentaria para que la gente los rechace. Hay una relación muy fuerte entre la educación ambiental y la educación alimentaria. Ahí el Estado tendría que operar. Hay medidas como aumentar los precios de las bebidas gaseosas que están muy bien pero las empresas también tienen sus estrategias para reposicionarse en el mercado como por ejemplo, sacando bebidas sin azúcar y continuar promoviendo el mismo círculo vicioso. La sociedad en muchos casos, ya comprende también que alimentarse es un acto político. Y que de sus decisiones de qué, cómo, dónde, con quién come devienen otros procesos que impactan desde la vida, mejora y trabajo de agricultores y toda la cadena, hasta la de su propia vida y sus propios hijos.

La agricultura industrial es la forma de producción de alimentos más extendida a nivel global, sin embargo, se cuestiona que este modelo de producción no satisfaga las necesidades alimenticias de la población mundial ¿Qué considera al respecto?

La clave sería que las compañías reconozcan que solo buscan hacer dinero en el marco regulatorio dado por un determinado país. Y que su objetivo es este y no “salvar al mundo”, o “alimentar al mundo”. Esta enorme responsabilidad no puede ni debe dejarse en manos de quienes hoy lucran con un alimento y mañana con una máquina determinada. El tema es complejo, todos deberán dialogar pero la voz cantante la llevan los gobiernos que a su vez deben llevar la voz de sus sociedades. Y comer es una necesidad diaria, material, insustituible. No es acceder a una computadora. Es mucho más profundo. Aunque sí, ninguna empresa hace algo ilegal, lo hace porque un país se lo está permitiendo. El problema está cuando las compañías dicen que son sostenibles o que generan un ambiente sano porque eso es marketing y es mentira. Si las compañías fueran sostenibles no tendríamos externalidades.
Una reconocida científica, Raquel Carson, fundadora del Movimiento Ambientalista Mundial, lo habló en un libro muy famoso sobre el impacto del modelo industrial en la alimentación mundial, que todos los jóvenes tendrían que leer: “La primavera silenciosa”. A ella la defenestraron y hasta destruyeron su carrera científica. Pero luego, esas mismas compañías que la criticaron reconocieron su trabajo una década después. Ahí hay un problema importante, la seriedad del científico para poder demostrar que la agricultura ambiental puede ser sostenible desde el punto económico si es que se apunta a eso. Pero no lo es a nivel ambiental por los costos ambientales y sociales que genera. Un ejemplo es en Inglaterra con los problemas de salud que generan los disruptores endócrinos que surgen por el uso de los agroquímicos. Los agroquímicos no son agua bendita, las buenas prácticas agrícolas ya no son suficientes. Cuando vemos los “mosquitos”, que son las pulverizadores gigantes que hay en el campo, sabemos que están utilizando 400 millones de litros por año. Entonces hay una obligación científica de investigar esto, no podemos dejarlo de lado. Tampoco podemos confiar en los datos que nos remiten directamente las compañías. Porque insisto, las compañías están muy bien en el marco legal en el que están, crecen y hacen su dinero, pero la obligación del Estado y de la ciencia es investigar de manera independiente. Hacer ciencia con conciencia.

En relación a este último punto, en los últimos años, ha tomado relevancia la agroecología la cual es presentada como una vía sostenible y alternativa para la producción de alimentos, que considera un equilibro entre los tres pilares básicos de la sustentabilidad: lo ambiental, lo social y lo económico. ¿Cuáles son las diferencias entre la agricultura industrial y la agroecología? ¿Es posible y deseable que ambos modos de producción se complementen?

Están en las antípodas. El modelo de producción agroecológica es un sistema que emplea distintas metodologías sin el uso de fertilizantes, ni agrotóxicos, ni energía intensiva y que en lugar de promover el monocultivo promueve la diversidad productiva de granos, cereales y otros tipos de productos vegetales y animales en un mismo establecimiento a escala de finca. Estamos hablando de agricultura familiar, con la gente vinculada a la tierra. No nos olvidemos que el 90% de los habitantes viven en ciudades, estamos echando a la gente del campo. Cuando en las exposiciones del agro vemos más maquinaria que gente, no es un tema menor. Cada una de esas maquinarias desplaza a mucha gente. La agroecología plantea la importancia de los alimentos sanos, nutritivos y diversos frente a los alimentos que reciben una carga de agroquímicos mayor, a pesar de las buenas prácticas agrícolas. No son modelos compatibles. Si estás en un campo agroecológico lindero a un campo industrial que está fumigando, se va a ver perjudicada toda la diversidad ecológica de la zona. En agroecología no se mata, se enriquece la diversidad biológica para utilizar esos insectos en el manejo de plagas. Se busca una enorme diversidad de vida. No es que sean incompatibles desde una mirada social sino desde un punto de vista técnico. Es un proceso muy complejo y de mucho conocimiento técnico. La clave es el conocimiento integral del agroecosistema.
Hoy en día, cualquiera que entre en un campo industrial intensivo va a ver pocas cosas, por ejemplo, no va a ver pájaros, ni bichos. Yo uso un ejemplo rutero que es muy gráfico, antes cuando uno iba en la ruta a 100 Km se nos pegaban en la camioneta una variedad enorme de bichos y uno tenía que parar a cada 50 Km porque estaba todo sucio. Ahora en la región pampeana, desde la Ciudad de Buenos Aires hasta Pergamino, podés ir a 140 km y no se ensucia el vidrio, no hay bichaje, no hay insectos. Antes teníamos bichos torito (el famoso gusano blanco del campo) (se llaman científicamente Diloboderus abderus) en cada rincón y esquina del pueblo, nos criamos viendo cascarudos en las esquinas, ahora no hay más. Y más allá de cortar raíces y ser considerados por algunos una plaga, hoy el nivel de carga de agroquímicos los viene corriendo. Se han envenenado. Muerto la biota del suelo. Y toda la red por supuesto. Las externalidades no están bien y esto se paga sólo con más agroquímicos y con un precio de petróleo que todavía es comparativamente bajo y sostiene a esta agricultura ineficiente además energéticamente. Eso es lo que hacemos en las comparaciones agroecológicas, armar dos o tres cuadros y comparar escenarios con indicadores energéticos e indicadores biofísicos (y no sólo monetarios) para definir si es eficiente o no en todos sus aristas un determinado agroecosistema. Guste o no guste, podemos demostrar que el sistema agroecológico tiene una rentabilidad mucho más eficiente que el modelo industrial. Y es menos costoso para el ambiente, la salud y la economía de un país, si se contabilizaran todos los daños producidos por el otro. Sobran los datos. Por eso mismo, hasta la propia FAO está promoviendo el escalamiento de la agroecología para enfrentar los problemas de seguridad alimentaria y nutricional. Y por supuesto, lo han hecho desde hace ya décadas, los agroecólogos, en especial los de América Latina, lo han demostrado desde sus campos y experiencias. Hoy la cuestión ha superado el modelo en pequeña escala y se propaga a todas las formas diversas de la producción rural.

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¿En qué consiste el “Escudo Verde Agrocológico” o EVA? ¿Es posible llevarlo adelante, qué condiciones necesita?

Es una propuesta que se está haciendo para las áreas de interfase urbano-rural rodeadas de un modelo industrial muy agresivo. Los municipios le están prohibiendo a los chacareros hacer soja alrededor de los pueblos o hacer otro cultivo con fumigación. El problema es que les impiden eso pero no les plantean alternativas, no los dejan hacer nada, pagan impuestos y no reciben ningún beneficio. Lo que el “Escudo Verde Agroecológico” propone es que en esas zonas se trabaje con el modelo de base agroecológica, creando las redes de comercialización dentro de los pueblos, para que los productos sean de cercanía y no provengan de 100 km de distancia. Y que además, se arme un entramado de economía social que pueda funcionar. Esto funciona en los países ricos, ¿por qué no va a funcionar en Argentina? que tiene esas posibilidades y además tiene la cultura. Si uno le ofrece la alternativa a los productores de hacer algo que les permita ganar dinero, que a los que hacen esto se les otorguen beneficios o diferimientos impositivos, o beneficios crediticios, seguro van a aceptar. Este es un problema que existe aunque esté tapado bajo la alfombra en la Argentina de hoy, el movimiento de pueblos fumigados está creciendo y su demanda recae sobre el Estado. Por eso los municipios están reaccionando, a tontas y a locas, pero están intentando dar respuesta a estos reclamos. Las buenas prácticas agrícolas ya no pueden garantizar que la gente no se siga enfermando.

“Podemos demostrar que el sistema agroecológico tiene una rentabilidad mucho más eficiente que el modelo industrial”




Dos de los principales temas trabajados por Ud. son los de “Huella Ecológica” y la “Deuda Ecológica” ¿A qué hacen referencia estos conceptos y cuál es su relevancia para una gestión sustentable de los recursos naturales?

En Economía Ecológica hablamos mucho de “huellas” porque es la impronta, desde el punto de vista físico, de lo que está generando el actual sistema económico. La impronta del hombre sobre la tierra. Hablamos de “huella ecológica”, de “huella hídrica” de “huella de nutrientes” para entender la afectación desde el punto de vista biofísico, al generalmente, extraer recursos del ambiente. Por ejemplo, pensar cuánto necesita una persona para vivir en términos de la satisfacción de sus necesidades básicas (alimentos, abrigo, calzados, desplazamientos cortos). Y las no básicas (consumos suntuarios, superfluos, consumismos).
Decimos que una persona promedio está arriba de 3 hectáreas por año; es decir, necesitamos 3 manzanas de tierra para satisfacer nuestras necesidades.
Si tenemos menos de 15 mil millones de hectáreas a nivel mundial, de todo tipo de suelo, y somos cerca de 7 mil millones de personas, tenemos poco más de 2 hectáreas por persona en promedio. Quiere decir que ya no nos alcanza para satisfacer las necesidades de todos pero, además, hay países que usan nuestro territorio, la Argentina, para producir bienes que nos compran en el mercado mundial. La huella de esos países, se produce a través de las transacciones comerciales. Ni siquiera es necesario que nos compren la tierra.
Por ejemplo, Estados Unidos está más o menos en 10 o 12 hectáreas. Quiere decir que ellos están consumiendo por encima de la “huella ecológica” del promedio mundial, aunque son también un territorio grande. Supongamos ahora un país como Japón o Bélgica que son pequeños territorios con altísima demanda de recursos territoriales que pagan en el mercado internacional. Hoy en día se está tratando de medir esto en términos biofísicos de lo que nosotros llamamos “metabolismo social” que es cómo las sociedades globales y nacionales “metabolizan” sus recursos naturales como si fuera un cuerpo. Lo que estamos viendo es que son cuerpos enfermos. Prácticamente no hay sociedad en el mundo que tenga una “huella ecológica” adecuada con un desarrollo humano balanceado. Tenemos países que tienen un desarrollo humano muy alto y una “huella ecológica” muy alta, de alto impacto, como Japón y luego tenemos países que presentan una “huella ecológica” baja pero un desarrollo humano desastroso, como Burkina Faso o Sierra Leona. El país, según el índice combinado de Bienestar Humano y Huella Ecológica, desarrollado por Naciones Unidas, muestra por ejemplo, que un país como Cuba, se encuentra bastante cerca, en esos términos del rectángulo de sustentabilidad.
Cuando vamos a la “huella de nutrientes”, importante en especial para países como la Argentina o de abolengo agropecuario como decía Morello, planteamos el término de “vaciamiento de las Pampas”, es decir, cuánto se está yendo en cada gramo de soja, en cada tonelada de carne, en cada litro de leche que exportamos, en términos de nutrientes que salen de Nuestras Pampas. Eso no se repone tan fácilmente. Por un lado salen millones de toneladas de nutrientes con los millones de toneladas de granos que exportamos y, por otro lado, no se reponen desde el punto de vista natural. Para las compañías de fertilizantes esto significa un gran negocio, pero para la Argentina un vaciamiento. Eso en el mercado internacional no se está viendo pero sí desde el punto de vista estratégico para las políticas públicas. Alguien tiene que ordenar el territorio. Publicamos justamente el año pasado (2017) el libro “El Vaciamiento de las Pampas. La exportación de nutrientes y el final del granero del mundo”, que puede bajarse por supuesto libremente en el portal del GEPAMA, UBA, ISU o en el del Área de Ecología de la UNGS, las dos entidades universitarias donde laboro.

¿Eso cómo se puede compensar?

Eso se puede equilibrar, por ejemplo, a través de las mínimas prácticas que permitan recuperar el suelo, como la rotación agrícolo-ganadera.
Argentina tuvo una historia de rotación agrícola ganadera de 150 años que luego perdió de la mano de la sojización. Muchos promueven el modelo sojero en el norte argentino, un desastre ambiental. Y ahora somos nosotros, toda la sociedad argentina, los que tenemos que subsidiar el descalabro en el norte, ¿nosotros tenemos que subsidiar al norte argentino que destruyó todo el parque chaqueño, con la llegada de un modelo sojero, con un claro síndrome de insustentabilidad? ¿Quién paga las externalidades? Esos son costos que tiene que analizar el Estado adecuadamente, que promovió esas acciones y que hoy en día no reconoce ese impacto. Ahí hay una clave, es decir, la decisión de cómo ordenar el territorio. ¿Qué práctica hacer? Simplemente hacer rotación agrícola ganadera como primer paso en un proceso de ecologización de los sistemas. No vamos a poder promover a la Argentina como gran y único productor ecológico del mundo porque es un territorio extenso, hay que educar, formar. Pero en la tendencia podríamos pensar seriamente en la posibilidad de ser un gran productor de alimentos más sanos en un mundo cada día más enfermo, aunque para eso hay que jugarse y discutir mucho. El cambio del paradigma de producir alimentos con venenos, algo totalmente irracional a otro, de hacerlo sin productos que dañen la salud o el ambiente, es justamente un proceso de cambios en la base.
En la periferia de las ciudades hay una riqueza de conocimiento, de gente que ha sido desplazada por la agricultura industrial que es un modelo que justamente no necesita gente. En la actualidad los países desarrollados están protegiendo a su gente. El tema de los subsidios es justamente para anclar a la gente en su territorio. En cambio, nosotros obligamos a nuestros productores agropecuarios a sobreexplotar más a sus campos, a competir cada vez solamente detrás de los precios, y encima a perder más campo y no poder expandirse.

“La agricultura familiar sostiene 800 millones de personas en el mundo en la interfase urbano-rural, que son proveedores directos en los mercados de cercanía. Está creciendo mucho en los países desarrollados”.





¿Cuánto puede aportar la agricultura urbana teniendo en cuenta que la población está concentrada en las ciudades?

La agricultura familiar sostiene 800 millones de personas en el mundo en la interfase urbano-rural, que son proveedores directos en los mercados de cercanía. Está creciendo mucho la agricultura urbana en los países desarrollados. El modelo cityfarmer que se viene desarrollando en Estados Unidos, Canadá y algunos países europeos, comienza a expandirse. La agricultura urbana mejora los servicios ecosistémicos, los recupera, actúa como regulador del sistema, mejora las condiciones de habitabilidad, la gente encuentra un esparcimiento adicional a eso, y además, genera producción que utiliza muy poco o nada de agroquímicos, con lo cual es más saludable para las personas y para el ambiente.
En la Argentina, hay casos emblemáticos como Rosario, que por un lado es el clúster de la soja y, por el otro lado, encontró un camino alternativo con la producción urbana en momentos de crisis. Si entendemos que para el 2050 el 70% de la población va a vivir en ciudades, la agricultura urbana aparece como una alternativa viable e interesante.

¿Cuál debería ser el rol del Estado, de las universidades y de los productores en relación a los temas tratados en la entrevista?

En el caso del Estado en términos educativos y técnicos, tenemos que formar mucho más profundamente a los ingenieros agrónomos, como gestores de recursos naturales, pero no solamente apuntando a la producción sino a la estabilidad del sistema productivo y su gente. Que cada año que vuelva al campo, esté vinculado con el productor anclado en el lugar.
Hoy en día se piensa que ser agrónomo es tener una chata, un sombrero con marca y vender una cantidad de determinado producto, y eso es simplemente un vendedor. El ingeniero agrónomo debe poder analizar sistemas complejos, y ahí juegan un rol clave las universidades y los organismos técnicos. Incorporar otras prácticas como la formación en agroecología, las cátedras libres de soberanía alimentaria, etc. nacen como demanda de los propios estudiantes.

El sistema agropecuario para funcionar debe poder garantizar la sostenibilidad que es lo que se está perdiendo hoy en día; cuando hablamos de la “pampeanización” hacia otras ecorregiones, hablamos de la exportación de un modelo psicológico, social, económico y financiero de Las Pampas al Chaco que es un territorio con su propia diversidad productiva, entonces cuando lo arraso se generan determinados impactos sobre la capacidad del suelo y toda la vida misma. Como dice el mundo científico hoy, estamos en el período del Antropoceno y los problemas ambientales son claramente de origen antrópico.
Tenemos la capacidad en ciencia y tecnología como humanos de transformar y de restaurar el planeta. Es el siglo del conocimiento. Tenemos la capacidad científica para ordenar los sistemas naturales y antropizados. Para manejar esa complejidad tenemos también la oportunidad de apelar a más ciencia. Espero que tengamos la sabiduría como decíamos al principio, para hacerlo.



*Licenciada en Ciencias de la Comunicación. Integrante del Programa de Ciencia, Tecnología e Innovación para el Desarrollo Sustentable (CITIDES). Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva.
PRODUCIDO POR LA DIRECCIÓN GENERAL DE PRENSA Y COMUNICACIÓN DEL MINISTERIO DE CIENCIA, TECNOLOGÍA E INNOVACIÓN PRODUCTIVA.