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  26-06-2018
ENTREVISTA A LA DRA. BEATRIZ GIOBELLINA

“Argentina necesita profundizar políticas de planificación territorial con criterios de sustentabilidad”

Beatriz Giobellina es docente e investigadora especializada en ordenamiento del territorio y el medio ambiente, y actualmente se desempeña como Coordinadora del Proyecto “Soporte técnico y capacitación en procesos de ordenamiento territorial rural” del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) de Córdoba. En esta entrevista, analiza la necesidad de avanzar en políticas de planificación territorial que promuevan una mejor distribución de la población y del acceso a los recursos, que generen mayor equidad y contribuyan a minimizar los impactos de la acción humana.

Por Mora Laiño*

IPBES
La Dra. Beatriz Giobellina.

¿De qué manera fue orientando su carrera hacia el campo del ordenamiento territorial y el medio ambiente siendo su formación académica inicial en el ámbito de la arquitectura?

Ha sido un proceso de más de 40 años desde que comencé mi formación, que todavía no acaba. Lo que sucede es que, en realidad, nuestras incumbencias profesionales como arquitectos y arquitectas históricamente se vinculan con el hábitat humano, que va desde el diseño de un barrio, una ciudad, un área metropolitana, una región; pero también de políticas públicas (de vivienda, de urbanismo, de recreación, de deporte, etc.). La planificación territorial y todas estas actividades están dentro de nuestras incumbencias, aunque en este momento hay un debate por una reciente resolución del Consejo Interuniversitario Nacional (CIN) que ha reducido nuestro título, a muy pocas “actividades reservadas”, incorporando exclusivamente aquellas que, a su entender, “en su ejercicio pudiera comprometer el interés público poniendo en riesgo de modo directo la salud, la seguridad, los derechos, los bienes o la formación de los habitantes”. De este modo, básicamente nuestra profesión se focaliza en la construcción de edificios y conjuntos de edificios, como si el urbanismo o la planificación del territorio no pudieran afectar negativamente a la gente y a la sociedad en su conjunto.

Ahora, ¿por qué se asocia a los arquitectos y arquitectas únicamente con la construcción de edificios? Creo que esto sucede porque se han empobrecido los contenidos de nuestra disciplina y de nuestra profesión en algunas escuelas de arquitectura. Se ha producido un reduccionismo en el que la dimensión del urbanismo y la planificación -que es el diseño del hábitat humano en distintas escalas- que procuran resolver importantes problemas de organización y convivencia en el territorio, está insuficientemente desarrollada. En gran parte de mi vida universitaria como estudiante y como docente estuvo presente el debate de cuál era nuestro rol, qué teníamos que hacer, aprender y, en consecuencia, enseñar e investigar.

Todo lo vinculado al diseño y la planificación, como proceso proyectual, y al ambiente como espacio donde se desenvuelven los procesos de la vida y la sociedad, tiene que ver con cómo se hace un uso más eficiente de los recursos y de los bienes comunes, cómo se distribuyen los beneficios, cómo se generan situaciones de mayor equidad y justicia en relación con el acceso a la tierra, al agua, a los recursos productivos, cómo se resuelven conflictos por su uso, cómo se minimizan impactos por la acción humana y quién recibe las externalidades de los modelos productivos insustentables, de las tecnologías en las que se basan o por las escalas de intervención que utilizan. Si aceptamos que en el territorio pasan muchas de estas cosas: dinámicas, conflictos, usos diferenciados, la planificación contribuye a definir cómo se organiza el sistema; y todo eso, necesariamente, tiene una dimensión política y social que trasciende al mercado e interpela a la forma en que se ha organizado el Estado y la sociedad.

Nuestra profesión es el reflejo del devenir histórico de nuestro país. En las décadas del 50´ y 60´ la planificación estaba en alza en todo el mundo, incluso en Argentina, poniendo en el tapete esta dimensión social de la justicia redistributiva, la justicia social. Luego, en la década del 70´ se produjo un vaciamiento en las escuelas de arquitectura de contenidos vinculados a los problemas sociales, ambientales y políticos del territorio.

Creo que es una deuda pendiente de nuestras facultades: generar más y mejores contenidos, formar más a nuestros alumnos en los problemas más graves de la sociedad, impulsar nuevas ofertas formativas para que la dimensión de la planificación sea desarrollada, valorada y útil al país, porque en cada rincón de suelo argentino, en cada pequeña localidad y municipio hacen falta diseñadores y planificadores que trabajen con la gente para diseñar hábitats donde se viva bien.

En el marco de este fenómeno de aceleramiento de la urbanización a nivel mundial (desde 2007 la mayor parte de la humanidad habita en ciudades), la falta de planificadores es un problema. En mi caso, fui avanzando en mi formación a través de posgrados, de búsquedas personales, de nuevas preguntas que me iba haciendo que no lograba resolver con los conocimientos y herramientas que había adquirido hasta ese momento. Fui comprendiendo la dimensión ambiental de la problemática; la dimensión política de la fragmentación social que se materializa tanto en las villas de emergencia como en los barrios cerrados; o la perspectiva de género con la cual podemos analizar una de las desigualdades mayores de la sociedad de base patriarcal.

En mi caso, sucede que no podía comprender el comportamiento social y la forma en que se organiza el espacio si no introducía otros enfoques, otras metodologías y otros encuadres que fueron insuficientes en la formación de base. Y no puedo actuar como arquitecta sola en estos sistemas tan complejos: tenemos que complementarnos con otras disciplinas, cada una en su especificidad, dialogando con otras miradas y enfoques disciplinares y sectoriales. Estos deberían ser los profesionales del siglo XXI.

¿Cómo define el concepto de “territorio” y cuál es la importancia que tiene para pensar la sustentabilidad hoy?

Una unidad territorial es un espacio donde ciertas variables están delimitadas y relacionadas entre sí en forma sistémica, multidimensional, compleja y dinámica. En una cuenca, por ejemplo, la variable agua está incluida dentro del sistema desde el nacimiento, los cauces y su trayecto hacia la unión con otras cuencas. El territorio es un ámbito que debe incluir también lo construido y lo productivo; las áreas urbanizadas, el ámbito agropecuario y el ámbito de lo natural que forman un todo en el que el territorio podría verse como soporte de esas actividades, y al mismo tiempo unido a ellas. En el caso de las cuencas, implica atender a cómo se genera el ciclo del agua y cómo están incluidas las actividades rurales y todas las actividades humanas que se ven nutridas por el agua. En ese ambiente natural estamos también los humanos, entre otras especies, y nuestra acción interactúa con el medio físico: es en esa relación donde se crea el espacio político y cultural de la relación sociedad-naturaleza.

El territorio sería algo así como la sumatoria de los espacios naturales y antropizados, más los flujos e intercambios que allí se realizan por parte de quienes lo habitan. En la planificación territorial, la unidad de abordaje debería ser, como mínimo, la cuenca o la macro cuenca.

Esta es la definición biofísica o ecológica, pero también hay un territorio social, un territorio cultural, un territorio que implica una unidad ambiental con una cultura propia gestada en la historia de la gente del lugar; que le da una unidad de sentido de tipo identitario y simbólico.

El territorio se puede definir también desde una mirada política en relación a cómo se organiza la jurisdicción y quién puede tomar decisiones legales.

Normalmente se planifica en función de las jurisdicciones municipales y ese es uno de los problemas, porque no se respeta la unidad ambiental. En este sentido, la división política no es tan adecuada para entender e intervenir en un territorio y sí el concepto de territorio en un sentido más abarcador, más apropiado para planificar, diagnosticar y entender las interacciones que tiene.

El territorio es también la configuración de las relaciones de poder. Es un espacio en permanente conflicto entre intereses diferentes. Es importante diferenciar el ordenamiento territorial, concebido desde una perspectiva tecnocrática como el conjunto de diagnósticos y planes segmentados o especializados: agua, uso del suelo, infraestructura, etc.; del “orden” del territorio en el que el límite de derechos o de usos y abusos está interpelado por negociaciones entre los distintos actores territoriales según sus intereses y necesidades. Esto implica una planificación con inclusión y gobernabilidad, con democracia participativa y sustentabilidad en la medida que responda a las necesidades de la sociedad.

Hoja de ruta

Beatriz Giobellina es Arquitecta por la Universidad Nacional de Tucumán (UNT). Doctora y Especialista Internacional en Ordenación del Territorio y el Medio Ambiente por la Universidad Politécnica de Valencia (UPV) y Master en Dirección de la Innovación Empresarial por la Universidad Católica de Valencia, España. Vivió 12 años en Valencia, España. Es integrante del Programa Raíces de Repatriación de científicos desde 2012. Ha publicado libros como autora y co-editora, así como numerosos capítulos de libros y artículos en revistas. Es docente e investigadora en la Facultad de Arquitectura, Urbanismo y Diseño de la Universidad Nacional de Córdoba (FAUD-UNC). Además, se desempeña como Coordinadora del Proyecto “Soporte Técnico y capacitación en procesos de ordenamiento territorial rural” del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA), con sede en la Agencia de Córdoba de INTA MDS-Pro Huerta. A su vez, coordina el Observatorio Agricultura Urbana, Periurbana y Agroecología (AUPA).

¿Cómo observa la situación actual en Argentina en cuanto al ordenamiento territorial y la interfase urbana - rural?

Muy preocupante. La Argentina del Siglo XIX y XX, a la cual llegaron enormes contingentes migratorios, contaba con una gran cantidad de recursos naturales, era un país vasto, poco habitado y con una baja presión de la sociedad sobre el medio natural. Inmensamente rico y con oportunidades para todos. Sin embargo, la sociedad se desarrolló pensando que esos recursos eran infinitos y no tenían límites para explotarlos. Se desplegaron estrategias muy extractivas de desarrollo en todos los rincones del país sin cuidar los recursos naturales que, con el tiempo, se fueron deteriorando.

Y hoy, si continúa aquella tendencia, se cumplirá la “tragedia o el dilema de los comunes” (Garret Hardin, 1968), donde se termina destruyendo un recurso compartido, un bien común, cuando muchos individuos, motivados por el interés personal y actuando en forma independiente, terminan afectados en su propia vida y posibilidades de desarrollo futuro por esa pérdida que ellos mismos ocasionan. Así podemos entender gran parte de la crisis ambiental de la pampa húmeda, la pérdida de monte nativo o la pérdida de suelo fértil, incluso la pérdida de la capacidad de producir alimentos cerca de las ciudades o la contaminación de los ríos.

Argentina no ha cuidado sus bosques. Córdoba tiene una alarmante pérdida de bosques nativos y las fuerzas del mercado siguen presionando para deforestar lo que queda para uso agrícola, ganadero o inmobiliario. Tampoco se han cuidado los humedales. En nuestro país una gran proporción de las cuencas, y sus ríos y fauna asociada, están contaminados. No cuidamos nuestro suelo, por lo que ahora se está sufriendo un acelerado proceso de desertificación, de salinización y de erosión. Nuestro suelo está perdiendo su fertilidad natural. No cuidamos nuestra biodiversidad, que disminuye día a día.

Cuando se conformó el Estado Nacional y se fue ocupando el territorio, se lo hizo con una mentalidad extractivista (que predominaba en esa etapa histórica), pensando en obtener la máxima rentabilidad sin preocuparse por los impactos negativos de esa acción.

Considero que hay un problema serio de ordenamiento ambiental y territorial, de entender los límites de los recursos, y de comprender que esas dinámicas humanas: urbanas, industriales, mineras y agropecuarias en las que se maximiza la rentabilidad y se externalizan los impactos, nos lleva a un empobrecimiento profundo. Se necesita avanzar con urgencia en políticas territoriales que contemplen el tema de la sustentabilidad, con equidad y con valoración del patrimonio.

¿En qué consisten los servicios ecosistémicos de regulación y cómo se ven afectados con el desarrollo urbano?

El enfoque de los servicios ecosistémicos es un encuadre teórico y metodológico muy útil para explicarle a la sociedad lo que le debemos al medio natural. Son las funciones que la naturaleza provee por sus propios ciclos internos, que están localizadas en los sistemas territoriales naturales y de los cuales hacemos uso. Es una mirada utilitaria de la naturaleza.

La naturaleza tiene distintos tipos de metabolismos que nosotros aprovechamos: servicios de aprovisionamiento (alimentos, fibra, recursos genéticos, productos bioquímicos, medicinales y naturales) de regulación (de la calidad del aire, del clima, del agua, de la erosión, purificación y tratamiento de aguas de desecho, regulación de enfermedades y pestes, polinización y regulación de desastres naturales) y culturales (valores espirituales y religiosos, estéticos, recreación y ecoturismo, simbólico, de construcción de identidad).

Dentro de los servicios ecosistémicos de aprovisionamiento nosotros trabajamos en particular en la capacidad de los cinturones verdes, próximos a las ciudades, para brindarnos alimentos, así como otras cuencas fruti-hortícolas del país. Pero si no cambiamos las lógicas extractivistas y de crecimiento extralimitado vamos a ir perdiendo esos servicios ecosistémicos que el territorio brindó históricamente en esa interrelación. Si contaminamos el ciclo del agua, ese servicio ecosistémico empieza a deteriorarse. Si construimos countries y barrios cerrados y destruimos ese servicio de aprovisionamiento que dan los cinturones verdes con sus sistemas de regadío, el territorio va perdiendo su capacidad de proveer alimento. Si, por ejemplo, avanzamos con la urbanización en zonas de bosque nativo o de monte sin medir las consecuencias, generamos ciclos negativos de mayor inundación, de mayor erosión, incluso de muertes y cuantiosas pérdidas materiales. Si no buscamos tecnologías productivas más sustentables ni respetamos la capacidad de los ecosistemas de regenerarse, estaremos generando más problemas y perdiendo ventajas competitivas históricas.

También impulsamos la idea de que hay que planificar con urgencia los periurbanos y entenderlos como un territorio altamente complejo y dinámico que requiere nuevos enfoques. En Argentina ya tenemos más del 90% de la gente viviendo en ciudades, por lo tanto, lo que ocurre en las ciudades es de vital importancia. Si la mayor parte de la población argentina está asentada en ciudades, tiene alto impacto el espacio de frontera entre esa ciudad y su territorio alrededor: el periurbano. Este configura una franja espacial de dimensiones variables donde todo está en disputa y con poca o nula planificación: las ladrilleras, los barrios cerrados, las avícolas, los basurales, los barrios de vivienda pública, las villas de emergencia, la infraestructura hidráulica o vial, las industrias y centros comerciales, los relictos que quedan de agricultura periurbana, de bosques o espacios naturales. Se trata de entender que las ciudades y los territorios son sistemas donde lo que se hace genera movimientos, flujos, dinámicas, con repercusiones positivas y negativas.

En las áreas de interfase, en las áreas periurbanas, es donde se están produciendo las dinámicas más violentas de transformación del territorio que superan toda anticipación y donde se hacen muy buenos negocios. Donde normalmente la acción y decisión de los municipios es insuficiente y las relaciones de poder con los lobbies económicos, hacen que la definición de esos territorios esté más condicionada por los intereses de los grupos privados guiados por el aumento de rentabilidad inmediata, y mucho menos, o poco y nada, por el bien común o lo que le conviene a la ciudad en una perspectiva de futuro.

En base a su experiencia en Córdoba, ¿Qué conflictos y disputas sociales observa en relación al uso del suelo en zonas periurbanas y la protección de los recursos naturales?

Como coordinadora de un proyecto nacional de ordenamiento territorial he recorrido varias provincias y puedo decir que estos fenómenos se repiten en todas partes. Me refiero al avance poco planificado y regulado de la frontera urbana sobre áreas rurales y naturales, con graves impactos en estos sistemas. Y al revés, el avance de actividades contaminantes sobre asentamientos humanos. En Córdoba, el avance de la ciudad hacia la zona serrana está en disputa y genera destrucción de ecosistemas frágiles y vulnerables, como son las cabeceras de cuenca. Entonces, cuando llueve fuerte en zonas deforestadas o con suelo sellado por la urbanización, se producen inundaciones y grandes pérdidas económicas y humanas, como ocurrió en 2015 de forma extrema. Lo mismo sucede en Tucumán donde el crecimiento hacia el noroeste tiene las mismas lógicas extralimitadas con falta de evaluación del impacto y de los riesgos que se generan. Algo similar ocurre en la zona de Mendoza con el crecimiento sobre el pedemonte, sobre los oasis, la ruptura de los sistemas de regadíos, la expansión de áreas urbanas con bajas densidades, lo que en la disciplina llamamos “ciudad difusa”. Son crecimientos expansivos, que sumados a la debilidad de los municipios y de los entes públicos para ponerles límites, se vuelven muy ineficientes y depredadores del territorio, y terminan siendo urbanizaciones muy costosas para la ciudad desde el punto de vista energético, e inviable para los municipios si se proponen elevar estas áreas construidas a la categoría de ciudades habitables, seguras, saludables, con todos los servicios e infraestructuras necesarios para un “buen vivir” urbano.

Este fenómeno de expansión de la frontera urbana, sumado a la expansión de la frontera agropecuaria en áreas naturales donde antes había otros sistemas productivos o unas coberturas de bosque o monte nativo de valor estratégico, está generando impactos que la sociedad tolera cada vez menos, así como disputas por el acceso a los recursos productivos y paisajísticos. Ocasiona expulsión de población originaria, de campesinos, de agricultores familiares y destrucción de servicios ecosistémicos. La acción produce reacción, y este avance genera resistencia de los grupos que se ven afectados; entonces empiezan las disputas por el agua, el suelo, en una urbanización del territorio cada vez más desigual y fragmentada.

Si a todo esto le sumamos los escenarios de cambio climático que advierten los científicos: con variabilidad climática, aumento de las olas de calor, de eventos extremos, la aparición de enfermedades tropicales y subtropicales que antes no teníamos en estos lugares, estamos ante un llamado urgente de volver al “sentido común” y ante un gran desafío histórico de desarrollar estrategias de planeamiento, que podríamos llamar “buenas prácticas” de uso del territorio, que identifiquen y pongan freno a estas extralimitaciones.

Desde su punto de vista, ¿Qué requisitos básicos debería cumplir una ciudad para que sea sustentable?

En el debate internacional, la ciudad extendida, la ciudad difusa, de baja densidad que crece hacia una periferia destruyendo servicios de la naturaleza de aprovisionamiento y regulación, basada en el uso del automóvil particular y no del transporte público, es una ciudad insustentable. En contrapartida, todas las tendencias de la teoría urbana apuntan a que es más sustentable una ciudad compacta, donde ese metabolismo de intercambio se da en territorios más acotados, con mix de usos, clases sociales, reducción de gasto energético para movilidad, mayores intercambios entre personas que generan innovación, creatividad, desarrollo del sentido de comunidad, autoabastecimiento, competitividad, etc.

Una ciudad para ser más sustentable, como cualquier otra actividad humana o productiva, tiene que generar densidades de uso acordes a la capacidad de carga del territorio, y no superiores a ella. Y para alimentarse necesita de sus cinturones verdes en torno a las ciudades y de parques agrarios, áreas de aprovisionamiento y de reserva para el mantenimiento de las funciones ecosistémicas. Tiene que limitar su crecimiento expansivo. Esto no implica que no se desarrolle o evolucione. Implica un cambio de modelo en el que los ciudadanos obtengan bienestar, satisfacción, seguridad y felicidad con otros modelos de vida y otras expectativas en cuanto al consumo del suelo, de vivienda y demás bienes.

Hay una diferencia entre ciudad y área construida. En la periferia de las ciudades de Argentina encontramos áreas construidas, urbanizadas a medias; no encontramos ciudad. La ciudad requiere cierto grado de completitud en infraestructura, servicios, actividades, interacciones humanas y de actividades y flujos. Si tenemos áreas donde solamente la gente va a dormir, donde las zonas de trabajo, estudio, deporte, comercio, están segregadas, no tenemos una ciudad. La ciudad implica un mix de actividades, de espacios públicos, de espacios donde la gente se encuentra. Significa diversidad social y no fragmentación o segregación territorial.

En este sentido, ¿Qué se entiende por “ciudades inteligentes” o “smart cities”?

El concepto de “ciudades inteligentes” es un concepto más vinculado a la introducción de las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC) para mejorar algunas de las funciones, por ejemplo, la regulación del tráfico mediante sistemas inteligentes de control. El sistema es inteligente en cuanto a la organización de lo público, lo privado y la interacción de las gestiones que un ciudadano tiene que hacer. A eso se le suele llamar “ciudades inteligentes”. Cuando yo hablo de “territorios inteligentes” no estoy hablando de la incorporación de TIC, sino de desarrollar mecanismos de autorregulación dentro del territorio, dentro de las lógicas de derechos, racionalidad, y capacidad de carga expuestos antes.

Hay un concepto importante, el de “sistemas emergentes y sistemas autorregulados”. ¿Qué implicaría diseñar un territorio inteligente? Tratar de incidir, estimular, fortalecer, pequeñas decisiones inteligentes para que funcione mejor el sistema. Lograr que sea la misma sociedad la que le ponga límites a estas acciones que impactan negativamente y construya estrategias de autosatisfacción de necesidades dentro de los límites de los ciclos de la naturaleza y la disponibilidad de recursos.

Desde esta lógica, proyectar territorios inteligentes es una concepción de la planificación que se ejerce desde dentro mismo del sistema: desde dentro emerge una cualidad inteligente auto-organizada, y sin mediar necesariamente un proyecto previo totalizador y acabado. Tiene más que ver con la lógica de la vida. Procurar como planificadores, técnicos, funcionarios de entes públicos, fortalecer aquellas tendencias que dan respuestas más inteligentes a los problemas del territorio, implica un cambio profundo en la concepción de la planificación y el diseño del hábitat humano. El poder de cambio está en esas interacciones entre los grupos de interés. Ahí nosotros, desde roles profesionales en entidades públicas, apenas seríamos los facilitadores, los vinculadores o sistematizadores.

En relación a estos enfoques, ¿Cuáles serían las dimensiones que no deberían faltar a la hora de analizar la construcción sustentable en Argentina y América Latina?


En Argentina y América Latina estamos viviendo el mismo fenómeno de pérdida acelerada de biocapacidad que ocurre en todo el planeta, debido al impacto de la actividad humana en los ríos, suelos, bosques, océanos y en la biodiversidad. Estamos extralimitados, muy condicionados por tendencias y presiones globales.

Así como el límite jurisdiccional de un municipio no alcanza para entender y planificar un territorio, del mismo modo necesitamos acuerdos a nivel Cono Sur, por ejemplo: a nivel del Gran Chaco Americano, del Acuífero Guaraní, o de la Cuenca del Plata, para generar alianzas y acciones que cambien estas tendencias insustentables. Necesitamos acuerdos muy fuertes de planificación territorial para mejorar la eficiencia en el uso de los recursos, cuidar el bosque, el agua y el suelo. Estamos sufriendo problemas de inundación, contaminación, y estamos enfrentados al mismo escenario, con lo cual las acciones también se tienen que concertar a una escala entre países. Tenemos que priorizar el cuidado de esas condiciones biofísicas que estamos perdiendo aceleradamente, mejorar las condiciones de salud y garantizar el aprovisionamiento de alimentos, la soberanía alimentaria de nuestras propias poblaciones. Pero primero, o al mismo tiempo, hay que empezar por casa, atendiendo a las necesidades de planificación de ecosistemas de este fantástico país que muchos queremos respetar y cuidar para las generaciones futuras.

* Integrante del Programa de Ciencia, Tecnología e Innovación para el Desarrollo Sustentable (CITIDES). Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva.
PRODUCIDO POR LA DIRECCIÓN GENERAL DE PRENSA Y COMUNICACIÓN DEL MINISTERIO DE CIENCIA, TECNOLOGÍA E INNOVACIÓN PRODUCTIVA.